Una pequeña reflexión para tiempos convulsos

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Observando el atroz ataque llevado a cabo en Paris contra el semanario francés, y contemplando con dolor las imágenes, repetidamente aireadas por las ondas catódicas, del terrorista que remataba al gendarme francés que inerme pedía clemencia tendido en el suelo; pienso que no hay imagen más elocuente para recordarnos lo que ya María Zambrano vaticinaba en los años cuarenta del siglo pasado, en cuanto a que Europa había entrado en agonía. Han transcurrido ya unos cuantos años desde que se dijeran estas palabras premonitorias que ahora, en los albores del siglo XXI y muy a nuestro pesar, quizá tengamos que constatar junto a esta gran intelectual y visionaria española que vehementemente defendiera esos valores perdidos y añorados en su libro La Agonía de Europa. Sí, efectivamente, quizá sea el momento de volver preguntarnos si este vetusto continente no ha entrado ya en fase terminal. Y esto, muy al contrario de lo que algunos piensan, no se debe precisamente a que extraños hayan venido a arrebatarnos los valores que han hecho de la sociedad occidental la gran civilización que fuera durante siglos; sino mas bien a que ya de largo Europa misma había empezado la lenta y gradual erosión de esos valores sin la más mínima preocupación por tal hecho.

Desidia esta, que probablemente promovida y alimentada por ese mismo fenómeno, ha provocado que por fin se haya arramblado definitivamente con esos valores para substituirlos, por un lado, por la ética de lo políticamente correcto que en los últimos decenios nos ha llevado de una forma de vida inspirada en los valores cristianos, que aunque no perfectamente aplicados, debido entre otras muchas razones, a nuestra propia insuficiencia como cristianos por haber sido en ocasiones más nominales que genuinos en la práctica de la fe; sí han estado siempre presentes en el sustrato de nuestra sociedad dando cohesión, orden y sentido a nuestro progreso y desarrollo. Ética aquella de lo políticamente correcto que vagamente se fundamenta en lo que caprichosamente convenga en cada momento según los vaivenes de la actualidad para la obtención de réditos y beneficios políticos, o de cualquier otra índole, pues este comportamiento que primero afectaría más directamente a las castas políticas, luego se establece de forma generalizada en la sociedad. Lo que quiere decir que si en un momento determinado es necesario mentir o prometer lo que se sabe de antemano que no se podrá dar, o escamotear la verdad abusando de eufemismos que poco a poco van cambiando el sentido de las palabras para que digan lo que no quieren decir, o actuar sin escrúpulos en aras de la obtención de pingues beneficios económicos, o la tácita imposición de la dictadura del silencio al no poder expresar la propia opión sobre ciertos asuntos por temor a ser tildados o etiquetados de rancios, anticuados o intolerantes; todo esto y más, digo, son las señas de indentidad de esa forma de comportamiento que tanto ha influido en la sociedad de los últimos años. Al punto de haberse llegado a convertir en norma y práctica para vencer al contrincante y obtener los votos, los pactos o los resultados necesarios para poder conseguir lo que caprichosamenteapetezca en un momento determinado.

Esto, unido al espíritu de la mal llamada sociedad del bienestar, producto natural y directo del fenómeno antes mencionado, que no ha hecho más que entronizar en el centro de la vida social y política la egolátrica actitud del individualismo, la soberbia, el hedonismo a toda costa, y el mero mercantilismo, que a fuerza de tanto insistir en la idea de posesión, nos ha llevado a la cosificación de la vida y las relaciones humanas; probablemente sea una de las causas del surgimiento de algunos de los fenómenos y movimientos de los últimos años y la razón por la cual nos hallemos en esta confusa y desesperanzadora situación.

Tenemos por tanto, que a pesar de lo terribles que pueden resultar las  palabras premonitorias de nuestra insigne intelectual, triste y desafortunadamente parece que la historia se repite, y debido a la tozuda decisión de ignorar no sólo los valores sino la historia misma de una civilización que se ha mantenido en pie durante casi dos mil años; tal y como ocurrió con la caída del Imperio romano de antaño, sólo parecería quedarle a los nuevos bárbaros de la media luna y a todos los demás movimientos autóctonos de variopinta procedencia con tintes totalitarios y carácter depredador, irrumpir en el corazón mismo de nuestras sociedades occidentales y recoger, sin demasiada resistencia, los escombros de lo que un día fuera esa gran civilización.

Y lo más triste de esta desoladora situación es que no podríamos quejarnos de que nadie hubiese podido contra nosotros, pues hemos hecho oídos sordos y no nos hemos dado por enterados cuando los clarines sonaron y las alarmas han saltado. Lo hemos racionalizado todo, justificado y hasta achacado a la necesidad de libertad, nuevos vientos de cambio y frescos aires de justicia. Deslumbrados por las luces del racionalismo y el enciclopedismo del siglo XVIII sacrificamos el cultivo del espíritu en el altar de la razón. Nos embriagamos con las ideas de libertad, justicia, equidad convertidas con el correr de los años en meros soflamas por los hábiles charlatanes, demagogos y megalómanos de turno.

En definitiva, que probablemente llegamos con todo esto, y sin que no lo hubiéramos propuesto, a abonar el camino para el encumbramiento de las peores dictaduras y el establecimiento de regímenes totalitarios de multiforme cariz ideológico. Y cuando todo este nuevo sistema por fin se vino abajo como un frágil castillo de naipes después de la resaca, nos subimos sin solución de continuidad en el carro del hedonismo y el libertinaje para adentrarnos así en el mundo de la post-modernidad y entregar nuestro último reducto; con la consecuencia de que, sin que el verdadero enemigo hubiese aún ensañado los dientes, nosotros ya nos habíamos vendido y rendido de antemano.

Pero como el libro de María Zambrano, a pesar de su título es un libro esperanzador, pues ella misma lo anuncia en su introducción, arguyendo que no llamaría su libro la Muerte de Europa, por ser esta una actitud rotunda de desesperanza, por lo que lo llamaría la Agonía de Europa, pues siempre cabe la posibilidad aunque remota, pero posibilidad aún, de que el agonizante puede llegar a revivir; por tanto, tampoco quiero yo terminar esta reflexión de manera pesimista, sino mas bien deseando, pidiendo y anhelando que en algún momento recapacitemos y reaccionemos a nuestra desesperanzadora situación.

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