Los genuinos deseos de justicia y de cambio

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¿Cómo podrán aquellos que, algunas veces sin saberlo y otras queriéndolo deliberadamente, han arramblado con los cimientos que daban cohesión, estabilidad y sentido a nuestra sociedad occidental, los nuevos benefactores de inmaculada consciencia que han crecido al socaire de los movimientos antisistema de los últimos años, y que desdeñan y desprecian toda autoridad por no ser la suya propia; cómo podrán todos ellos, digo, restablecer los valores de justicia social, equidad, honradez, igualdad y concordia que tanto proclaman? ¿Sobre qué fundamento ético o moral van a basar sus nobles pero quiméricos deseos? Porque es esto lo que precisamente han perdido, y donde han fracasado estrepitosamente los representantes de la casta, o la antigua política, que estos recién llegados quieren sustituir. La falta de una verdadera memoria histórica les juega una mala pasada; pues no recuerdan que, como bien lo han puesto de manifiesto hombres como Polibio, Tocqueville o Benjamin Franklin, en todos los casos donde las Constituciones de ciertos Imperios o Estados, empezando por las antiguas Grecia y Roma y llegando hasta los EEUU, en los cuales por un período de tiempo, lograron florecer esos valores antes mencionados y por todo mundo anhelados, esto sólo pudo ser así, debido a que los padres de dichas constituciones tuvieron absolutamente en cuenta, como condición sine qua non, la asistencia y presencia de las virtudes. Sí, desde la fe pasando por el amor hasta la justicia, la templanza, la prudencia, que al mismo tiempo conllevan y contienen cosas tales como la lealtad, la honradez, la sinceridad, etc. Condición ésta, que junto a la preservación de las buenas costumbres sustentadas en la moral, concebían ellos como fundamental para el florecimiento, sostenimiento y preservación del orden y la concordia social, así como para el acatamiento de las leyes y normas del estado.

No parece por tanto, a pesar de la perorata y la demagogia que abunda en los labios de los recién llegados, aunque no quiere decir que sean los únicos que adolezcan de tal enfermedad, no parece, digo, que a ninguno de ellos les preocupe o se estén planteando estas cuestiones que acabo de mencionar. Y si esto no es así, ¿por qué entonces hemos de creer que sus ideales de altos vuelos van a producir un resultado diferente al de los caudillos y paladines que movidos por los mismos deseos han surgido en las últimas dos centurias en Occidente, y al final han producido sistemas políticos y sociedades peores que los que ellos mismos pretendían cambiar y sustituir? Ese genuino prurito de justicia, equidad y magnanimidad, que en los momentos más lúcidos la mayoría de los humanos podemos atisbar en nuestro fuero interno, no puede confundirse con la ambición de poder y protagonismo que tan atractiva y seductora es al corazón humano, y que tácitamente se adhiere muy a menudo a esos buenos deseos; pues como ya lo recordara antaño San Agustín “la pasión de dominio, destroza con  su misma tiránica dominación el corazón de los mortales”. Por otro lado, conviene no permitir que esos nobles destellos pasajeros, nublen nuestro entendimiento haciéndonos ignorar nuestra propia fragilidad y olvidar lo poco que duran esos magnánimos deseos en el corazón de los mortales. Digo esto porque creo que es de vital importancia mantenerlo presente en los tiempos que corren, y a la luz de los vertiginosos cambios y acontecimientos que se suceden en nuestras sociedades; pues es justamente esta falta de humildad y claridad tanto de ánimo como de consciencia lo que ha convertido en un breve periodo de tiempo, como muy bien lo puede constatar la historia occidental de los últimos siglos, a los cerdos de nobles ideales en déspotas y totalitarios granjeros.

Por supuesto que la esperanza que nos ofrecen estos vendedores de humo, al no tener un sólido fundamento sobre el cual sostenerse, no es más que una falacia. Mentira, que vista con cierta objetividad, sólo puede estar ingenuamente fundamentada en la soberbia de aquel que ignorando su propia miseria y la fragilidad de sus pies de barro, tiene la osadía de pretender corregir en otros los defectos de que él mismo adolece. En palabras de C. S. Lewis, “no hay peor persona que aquella que ignora su propia maldad, ni mejor que la que es consciente del mal que anida en su propio corazón”. Qué bien les vendría a estos nuevos y frívolos redentores y salva patrias, volver a leer con detenimiento la fábula de G. Orwell, The Animal Farm, y como un buen ejercicio de humildad y sensatez, echarle un ligero vistazo al milenario decálogo del Antiguo Testamento, o averiguar el trasfondo de aquella sencilla pero certera amonestación a no ser muy severos en nuestro juicio al contemplar la paja en el ojo ajeno, no sea que ignoremos en tal acto la viga que hay en el nuestro. Ejercicio que nos llevaría a recobrar la cordura, al facilitarnos ese olvidado acto de saludable introspección, desde el cual poder adoptar una perspectiva nueva y clara para contemplar con esperanza el horizonte

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