La función de la labor estética.

Aunque el arte sea uno de aquellos quehaceres que tienen una cierta apariencia de inútiles, también es verdad que, como muy bien ha sido reconocido y corroborado por los mejores filósofos y tratadistas clásicos, no por eso deja la labor estética de aportar a la vida y el desarrollo de la humanidad ese aspecto noble y sutil de elevar el alma y alimentar el espíritu, que, por otro lado, tanto ha contribuido a refinar y sacar al hombre de las más densas tinieblas del rudo barbarismo.

Tanto es esto así que la misma función de la labor estética como tal nunca puede ser, aunque es verdad que en los más bajos e infames momentos de las mejores civilizaciones ha llegado a convertirse el arte en meretriz al servicio del más vil hedonismo; a pesar de estos tristes y aleccionadores casos, digo, la función de la labor estética no puede ser la de incentivar o potenciar las más viles y bajas pasiones humanas. Tampoco es su noble fin el de proporcionar a las masas entretenimiento sin más a la manera del pan y circo de los tiempos de antaño, so pena, como hemos dicho, de desvirtuarse y enfangarse ella misma en su propio envilecimiento.

Por el contrario, la función de labor estética es y ha sido, siempre que el arte ha permanecido fiel a su propia y real naturaleza, la de incentivar en el ser humano las más nobles, genuinas y bellas pasiones, siempre presentes aunque latentes en su fuero más interno. Aquellas pasiones que no sólo harán al hombre sentirse mejor y le aportarán el necesario acicate para querer y anhelar alcanzar los más altos y nobles ideales, sino que al mismo tiempo contribuye de manera inequívoca a hacerle cada vez más libre, genuina y verdaderamente humano.

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