A nadie se le escapa, a estas alturas, que nuestro mundo occidental es un mundo condicionado por el influjo arrasador de una mentalidad postmoderna, caracterizada por un claro marchamo iconoclasta y nihilista. Mentalidad que en los últimos años ha sido puesta al servicio de la demolición de los mismos fundamentos que proporcionaban una cierta cohesión, concordia, sensatez y estabilidad a la cultura y a la sociedad.

En un mundo así se hace cada vez más apremiante una vuelta a ese añejo  humanismo clásico que veía al ser humano como un ser integral, personal  digno.  Humanismo cuya característica fundamental se define por albergar en su fuero más interno los tres sólidos fundamentos que la constituían, la enorme herencia de la cultura griega, el espíritu y la moral cristiana y el preciado legado de roma.

Sí, creemos que en el ámbito educativo es necesario volver a esa formación que otorgaba un lugar preeminente a las llamadas artes liberales, o mejor aún, a la paideia de raigambre y estirpe griegas, que implicaba la educación tanto en valores como en los saberes técnicos; el saber hacer y el saber ser como lo definían ellos. Aspecto cuyo propósito final era lograr la «areté», que significaba, nada más ni nada menos que, una capacitación para pensar, para hablar y para obrar con éxito. Aristóteles lo describe de esta manera en su Política: “Una tarea, un arte o una ciencia deberán ser catalogados como vulgares si su única labor es la de hacer el cuerpo, el alma y la mente de los hombre libres inservibles para las labores y acciones de la virtud”. Y Platón hablaba del elevado propósito de la música cuya noble función era no sólo la de proveer entretenimiento, sino la de “contribuir a la edificación de una armoniosa personalidad y apaciguar las pasiones humanas”. O sea, una educación, una capacitación completa, integral, para la vida y no sólo para el ejercicio de una profesión determinada, como sucede en gran parte de la educación que se imparte en nuestros días, y que está dedicada a la formación no de  personas  sino de dóciles ciudadanos, o peor aún, empleados a la carta para las empresas.

En otras palabras, y puesto que nuestro ámbito es el de las artes y la creatividad, es nuestro propósito incentivar el cultivo de aquellas disciplinas del espíritu olvidadas y proscritas del ámbito educativo desde hace ya mucho tiempo. Espíritu que, y aunque no esté dentro de lo correctamente político decirlo, fuera contundente y deliberadamente erradicado del horizonte del  hombre europeo con la llegada del nuevo humanismo, el del racionalismo del Siglo de las Luces. Situación que escritores como Ortega y Gasset dejaran descrita en algunos de sus libros, pero quizá con más claridad y contundencia en La Rebelión de las Masas, con las siguientes palabras que corroboran, en fecha muy temprana y de manera taxativa, la situación descrita anteriormente: “El hombre masa, es un hombre vaciado de su interioridad, sin pasado, sin historia y sin tradiciones, o sea un hombre sin ejemplaridad… Donde quiera ha surgido el hombre masa…es un tipo de hombre hecho de prisa, montado nada más que sobre unas cuantas y pobres abstracciones y que, por lo mismo, es idéntico de un cabo de Europa a otro. A él se debe el triste aspecto de asfixiante monotonía que va tomando la vida en todo el continente. Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas “internacionales”. Más que hombre es un caparazón de hombre construido con meros idola fori (prejuicios, conceptos erróneos); carece de un “dentro”, de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De ahí que esté siempre en disponibilidad de fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga, sine nobilitate, un snob”.

Por tanto, en una sociedad fragmentada, desnortada y alienada como la nuestra, como ha sido descrita, no ya por intelectuales como Ortega y otros de su época, a los que se les podría considerar carcas o anticuados, sino en tiempos más recientes, por varios sociólogos y analistas; en una sociedad de estas características, la formación artística y todo lo relacionado con las humanidades, aparecen como una valiosa aportación a la formación integral de la persona, que puede ayudar a orientar a nuestra juventud en medio de este presente caos. Y este es precisamente uno de nuestros objetivos.