El Encuentro de Descartes con Pascal Joven

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Esto que sigue a continuación más que una reseña es la libre reflexión de un espectador, que no ha querido permanecer pasivo ante un encuentro, una experiencia estética.

En los tiempos que corren, donde parece que por fin se ha reconocido la profunda crisis en la que nos encontramos, crisis que a pesar de lo que se diga no es económica, ni ha empezado con el desplome de las bolsas en las mecas del dinero en occidente. Porque nuestra crisis ha empezado hace ya mucho tiempo, en momentos en los que en Europa aún no se había generalizado la opulencia, ni el ciudadano de a pie soñaba todavía con el estilo de vida del señorito español del que hablaba Ortega bien entrado el siglo XX. Como bien se escucha desde algunos círculos sensatos, nuestra crisis es y ha sido desde hace tiempo, una crisis de valores. Sí, porque una sociedad donde se piensa que todo vale para poder conseguir un estilo de vida que nos permita la imposición del imperio del hedonismo,  la opulencia y la gratuita afirmación del ego por encima de todo, no puede ser una sociedad sana, ni del bienestar.

Se preguntarán ustedes a qué viene toda esta jerigonza en una reseña de teatro; pues tiene mucho que ver porque, en los tiempos que corren, es bueno saber que aún quedan algunos reductos desde los cuales todavía se puede contribuir a crear una cierta sensatez y promover la reflexión; cosa que ya hace mucho tiempo brilla por su ausencia en los sitios en los que debería lucir radiante y desafiante. Sí, promover la reflexión pausada, respetuosa y mesurada, es precisamente una de las cosas que el teatro puede y debe hacer en cualquier sociedad.

Así que, pese a quién le pese, ha pasado por Madrid uno de los mejores hombres de teatro que tiene España con una amplia trayectoria a sus espaldas y un buen hacer no sólo en las formas y el talante sino en su catadura moral e ideológica. Desde luego no podía ser de otra manera, porque para elegir una obra de estas características, hace falta tener miras y no estar condicionado por las pautas que marcan el teatro comercial o la agenda de los políticos.

El Encuentro, obra de Jean-Claude Brisville, puesta en escena por Flotats, que a su vez era su actor principal, es una de esas obras imprescindibles para una sociedad como la nuestra y el momento histórico en el que vivimos.

Poner sobre el escenario dos seres humanos, dos personas, dispuestas a dialogar para entenderse sin suspicacias ni ambages, a cara descubierta, reconociendo, respetando y aceptando sus diferencias, dispuestos no sólo a entender y valorar lo que el otro plantea, sino a descubrir lo que le puede aportar para su propio desarrollo intelectual y personal. En otras palabras, dar una lección magistral sobre lo que es saber dialogar para entenderse y no para lucirse o batirse en duelo verbal hasta vencer al contrincante; con buenos modales y disfrutando en todo momento el, a veces sereno, y otras arduo y tortuoso camino de la conversación, con vehemencia, efusividad y apasionamiento pero sin acritud ni animosidad. Y hacer todo esto, recurriendo siempre al lenguaje como medio no sólo útil sino bello de expresión y comunicación, arte en el que se paladean  las palabras y debaten las ideas haciendo acopio del rico y generoso caudal lexicográfico del idioma; y esto sin hacer uso de los tan populares y comunes  alaridos y onomatopeyas a que nos tienen acostumbrados los tertulianos de turno que impunemente campean por las ubicuas ondas catódicas. Hacer esto, digo, en los tiempos que corren, es ya una aportación digna de reconocimiento y agradecimiento.

Cuando los que deberían ser ejemplo de lo que significa el diálogo y el buen «talante», palabra talismán, que de mucho uso y abuso en los últimos años, no se sabe ya muy bien lo que quiere decir en boca de los que se la han apropiado para sus menesteres políticos; cuando éstos, que deberían dar ejemplo, se pierden por los vericuetos de su propia egolatría, ansias de poder y megalomanía, nos queda el ejemplo de dos hombres de otros tiempos y  de otro calibre y catadura, sensatos y preocupados por las  cosas que realmente cuentan en la vida. Y por supuesto que nos queda el seguir apostando por el teatro como espectáculo y medio de reflexión. Chapó por Flotats, su buen hacer,  su buen talante y acertada elección.

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