El Culto a la Estulticia

Una colaboración de Antonio Pérez Sobrino para el Atrevido Hablador.

Según parece, crece el ateísmo en Occidente. La conclusión que cabría inferir de esta tendencia es que la persona que deja de creer en Dios ya no cree en nada. Pero nada más lejos de la realidad. Desde los primeros filósofos atomistas griegos, siempre hubo materialistas o naturalistas (Marx, Darwin) que preconizaron la realidad única de la materia, aunque fueron más bien filósofos modernos como Nietzsche, Sartre y comparsa, quienes anunciaron la muerte de Dios a bombo y platillo; o se revolcaron en el sinsentido y la absurdidad de la vida; o profundizaron en la náusea, la angustia, la desesperación, el vacío irrespirable, la libertad inútil, la soledad radical que deja la ausencia de Dios. Y aun así, la aplaudieron.

Muchos de sus partidarios se jactaron de desatar, por fin, al hombre de toda atadura, de acabar con el mito y la superstición que, según ellos, le habían tenido encadenado durante siglos. Pero ésta es una de las muchas falacias que se propagan sin que se les plante cara. El ateo, el agnóstico cultural, está dispuesto a creer cualquier cosa. No tiene más remedio que aferrarse a esta opción, como lo atestigua el constante caudal de titulares inverosímiles, de ocurrencias insensatas o desvaríos que se suceden en nuestros días y de los que se hacen eco los medios.

La tozudez de los hechos prueba con toda rotundidad que el escéptico no deja de creer. Eso sí, puede abrazar el primer despropósito que se le antoje. ¿De qué otra manera cabe explicar la conducta irracional que muchos individuos exhiben en estos tiempos? No hay más que ver las soeces vulgaridades y comentarios digitales descerebrados que se divulgan cada día camuflados en el anonimato. Por cierto, dan buena cuenta de la horrenda bazofia que circula por muchas neuronas o cerebros ofuscados. Todos los días aparecen titulares que dan testimonio de las ridiculeces más descabelladas y extravagantes que se pueden concebir. A diario se publican noticias alarmantes: acoso infantil, violencia de género, suicidios de adolescentes exhibidos, hechos indignantes perpetrados por desalmados que se jactan y cuelgan fotos en la red… Y la sociedad se encoge de hombros o se excusa diciendo que a ella no le incumbe, mientras avanza a paso firme hacia el sumidero.

Al hombre moderno no le interesa la verdad. Pero se abre a todo, a cualquier cosa por absurda que parezca, salvo a la verdad, y menos aún, a la verdad absoluta. No cree en ella. Le suena a blasfemia. Si abraza algo como verdadero, no es porque concuerde con la realidad como norma objetiva y universal, sino porque lo decide por sí mismo de su caprichosa voluntad, porque le conviene para satisfacer sus apetitos, o deseos egoístas, o por haberse entregado en alma y cuerpo al hedonismo puro y duro, o dejado dominar por el mal. Y esto lo decide a ciegas, porque sí, porque le da la gana —quién o qué se lo puede impedir—, sin ningún fundamento razonable que lo justifique. Y una vez desmantelada la Ley Moral…

En estos tiempos prevalece la insensatez, la aberración, el disparate. Son días desquiciados, preludio de desquiciamiento colectivo que se atisba por el horizonte, porque, pese a las grandes conquistas tecnológicas, el hombre no tiene la más remota idea de lo que es ni de lo que hace en este mundo trastornado. Anda por él zascandileando, desnortado y sin brújula. Y tampoco le preocupa. ¡Como si no tuviésemos historia ni antecedentes para dejar de reflexionar! Se apresura a echar por la borda su excelsa vocación eterna y destino sobrenatural abrazando la estulticia hasta la saciedad, sometiéndose, por decreto, a dictatorial dictamen darwiniano.

El tétrico imperio de la posverdad

Al dar rienda suelta a sus quimeras y pasiones, el hombre se da de bruces contra el muro de la sinrazón y el sinsentido: no hay normas absolutas; el ser humano es la medida de todas las cosas. ¿De veras? Emulando de manera más o menos consciente al Dador de la Ley, se ve obligado a reinventarse a sí mismo, a formular una nueva moral —no objetiva, no absoluta, sino contingente, relativa, subjetiva, a la carta—. La única verdad que subsiste es la negación de toda verdad, lo que se ha dado en llamar posverdad. O sea, todo es verdad y todo es mentira, a gusto del consumidor.

No es de extrañar que las profundas contradicciones que atormentaron a Nietzsche acabaran precipitándole por el abismo de la locura, que es la única conclusión lógica para este dislate, o sea, para todos los que se declaran enemigos de Dios a sabiendas. Y al parecer, el hombre moderno, el de la calle, ha escogido por contagio la misma ruta que conduce a idéntico destino: la locura, o más bien, la estulticia desbocada y autodestructiva puesta en boga, estandarizada.

Pero es que antes, el cine, la literatura, los medios de comunicación y el arte en general sembraron y divulgaron todas esas mentiras nocivas, letales, disfrazadas con lustroso oropel de promesas diabólicas, pero que a la postre acarrean muerte y destrucción. Y toda una multitud aborregada de incautos las abrazan indiscriminadamente, como si las ideas no tuvieran consecuencias.

Las redes sociales ponen hoy de manifiesto la banalización, la desacralización, la devaluación de la vida, la estupidez rematada. Como botón de muestra, valgan los simulacros de suicidio que se exhiben escandalosamente en Facebook para causar sensación y estupor. Lo irreal, lo vulgar, lo fantasmagórico, lo sensacional, elevado al grado sumo de absurdidad e insensatez, pasa así a la palestra, suplanta a lo verdadero y lo auténtico. Esto no es sino un síntoma más de la gran tragedia en que nos hallamos sumidos. Ciertamente, da mucha pena ver el triste final de muchos precursores populares y promotores de ideologías que han saturado esta cultura y de otros muchos que optaron por recorrer la misma senda.

¿Buscará la sociedad, la nación, alguna manera de dar marcha atrás para salir de este atolladero, para restaurar los códigos imprescindibles de la verdad, recuperar la cordura y el sentido común, o ya está, definitivamente, todo perdido? ¿No nos rasgaremos las vestiduras ante tamaño estrago? ¿No habrá ni un solo desertor que proclame públicamente, con voz quebrada, la debacle —aunque se le apedree y escarnezca—, y convoque una jornada de reflexión, día de lamentación o de arrepentimiento, como hiciera Jonás en Nínive?

La historia se va acercando a grandes zancadas a su destino final. Vamos a necesitar pundonor y convicciones profundas para aferrarnos con todas nuestras fuerzas a la verdad, para defender la auténtica libertad, para tener las cosas claras, para combatir toda especie de mentira que nos acosa en un mundo confuso y ocupar dignamente el puesto que nos ha asignado el sentido común.

 

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