Algo debe estar mal, muy mal

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Algo debe estar mal, muy mal.

Algo debe estar mal, muy mal en una sociedad donde políticos, banqueros, empresarios, el mundo de la farándula, el mundo del deporte, y hasta los mismos sindicalistas; han pasado, de la noche a la mañana, de honorables hombres de estado, servidores de la patria, defensores de los derechos de los trabajadores, benefactores y mecenas, a ser simples malhechores, corruptos, ladrones, evasores de impuestos, viles depredadores del erario público y hasta, en algunos casos, a verse envueltos en redes o negocios turbios relacionados con la droga o la prostitución.  Una sociedad, digo, en la que la mayoría de las instituciones se han visto salpicadas por delitos y desmanes de una u otra índole, es obviamente una sociedad en la que algo debe ir mal, muy mal. Nos atreveríamos a decir que es una sociedad que padece de una enfermedad aguda, para cuya restauración no basta con la legislación de nuevas leyes que hagan de medida disuasoria; ni con los buenos deseos de nuevos caudillos ansiosos de cambio, ni con la crítica pura y dura o el fácil acto de señalar con el dedo. Como ya lo dijera antaño, alguien muchísimo más capacitado para hacer un veredicto justo de este tipo de situaciones, dejando diáfanamente al descubierto la hipocresía con la que se suelen tratar este tipo de situaciones,  “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Sí, porque en una sociedad en la que se ha llegado a tal situación, no se puede pensar que los únicos afectados por tan destructiva enfermedad sean los responsables de las instituciones señaladas anteriormente; no, por supuesto que no. ¿Se puede acaso pensar que la persona que se queda con el euro de más que por error le ha devuelto el dependiente, o la que se lleva a casa el papel de la impresora a espaldas del jefe, o el que se salta el torniquete del metro para no pagar, etc., etc., no haría lo mismo que esos funcionarios defraudadores, cuando la ocasión se presentase y la cuantía a disposición fuese más sustanciosa?

Hace poco hemos escuchado a uno de estos políticos corruptos espetarle a los medios de comunicación con gran desparpajo y aplomo, que no tiene nada de qué arrepentirse. En mi modesta opinión, creo que por muy buenos deseos y esfuerzos que se hagan, si éstos no están orientados hacia una regeneración ética y moral del individuo, no llegaremos muy lejos por mucho que queramos. Hay ciertos valores que por mucho que nos empecinemos en negar y rechazar, son los que han hecho de occidente la gran civilización que llegó a ser por casi dos mil años. Valores que a pesar de ser deliberada y contundentemente rechazados por los políticos que integran la Comisión Europea en los últimos años, han sido defendidos y reivindicados por algunos de los más destacados pensadores e intelectuales europeos. Personas de muy diversa y variada procedencia, pero genuinamente preocupados por la desalentadora situación por la que ha estado atravesando nuestra sociedad en los últimos doscientos años. Desde María Zambrano, pasando por Manuel García Morente, Ortega y Gasset, G. K. Chesterton, C. S. Lewis, J. R. R. Tolking, Miguel de Unamuno, Julián Marías, Alfonso López Quintás, por mencionar sólo algunos de los más conocidos; hasta una profesora árabe de una universidad en Egipto, que hace unos pocos años defendía fervientemente en un vídeo en internet el valioso legado que el cristianismo había proporcionado a la humanidad. Y, por no dejarnos a nadie en esta relación, incluso un ateo reconocido y confeso, que no tiene ningún interés en las enseñanzas del cristianismo en lo referente a la salvación de su propia alma, como es el inglés John Mortimer, pero que defiende a ultranza dichos valores como el único medio de impedir que la sociedad occidental se desmorone y entre en el más absoluto caos. Según las palabras de este último, sólo por esta razón: “aun el no creyente debe volver a la iglesia”. Sí, probablemente no nos quede ninguna otra opción, aunque sólo fuera por la salvación de nuestra sociedad, habría que recuperar el legado de las valiosas enseñanzas de Jesús de Nazaret, y limpiarlo de todas las viciosas y dañinas adherencias con que se ha visto distorsionado y afectado por el paso de los siglos, y volver a lo que C. S. Lewis ha llamado con claridad y contundencia “Mero Cristianismo”, sin más.

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