¿Subjetivismo o desquiciamiento?

Si bien miramos nuestra situación presente e intentamos dar una explicación medianamente racional al absurdo y el sinsentido que parece haber dado un salto descomunal al pasar del ámbito artístico y estético, en el cual se había establecido definitivamente desde los mismos comienzos del siglo XX, para apoderarse con mucho más ímpetu y contundencia, no sólo ya de ciertos y estrafalarios individuos, sino de las mismas instituciones que han estado ahí desde siempre para ayudar a dar cohesión y establecer un cierto orden, una racionalidad, una armonía social en el maremagnum, algunas veces ardoroso y desbocado, de la densa selva humana.

Si bien miramos esta confusa y desnortada situación de cargado tufo postmodernista, digo, e intentamos darle alguna explicación, tendríamos que una de las muchas y sugerente ideas que saltan a la mente, sin ahondar demasiado en la magnitud y gravedad de tal asunto, es la reflexión sobre el hecho de las dos guerras mundiales acaecidas en el trascurso del siglo XX y sus devastadoras consecuencias. Esto, por supuesto sin mencionar la revolución bolchevique de 1917 y las otras guerras menores que también se llevaron a cabo durante dicha centuria. Somera reflexión que nos llevaría a la conclusión de que el hombre europeo, y el occidental por extensión, no podía haber salido completamente indemne de tan dramáticos y aterradores cataclismos. Millones y millones de seres humanos, si, he dicho millones de personas, familias, padres, maridos, esposas, hijos, abuelos, amigos, traumática y repentinamente arrebatados de las vidas de otros tanto millones que quedaron profundamente afectados, aterrorizados y traumatizados. Muchos de ellos lisiados, amputados, con los rostros desfigurados o completamente desquiciados se pasearon durante algún tiempo por las calles de muchas de las ciudades occidentales como fiel y fantasmagórico testimonio del barbarismo y envilecimiento al que la sociedad occidental había descendido en esas dos contiendas mundiales.

Se puede pretender que tras la reconstrucción de los edificios demolidos por la barbarie y la distribución de indemnizaciones, que tampoco podían ser ni fueron para nada justas ni suficientes, el nuevo ser humano occidental renacería de las cenizas de la destrucción como el ave Fénix, para continuar así su inexorable marcha de progreso, desarrollo y optimista afirmación antropocéntrica, tal como lo había dictaminado, pronosticado y decidido el advenimiento de la modernidad. Pero de ninguna manera podría ser así para cualquier observador con un mínimo de sensatez y perspicacia. Pues ya después de la Gran Guerra en 1918 y la no menos destructiva y apocalíptica Revolución Bolchevique arriba mencionada, se empieza a instalar en la mente y los corazones del hombre occidental ese profundo sentimiento de futilidad, desazón y sinsentido que quedará definitivamente sancionado y adquirirá carta de naturaleza y expresión con los movimientos artísticos de vanguardia que habían empezado a balbucir unos años antes. Movimientos que son una elocuente respuesta que acoge y recoge ese espíritu de crisis y desorientación del que las mentes más egregias habían empezado ya a dar cuenta; y que nace unido al obstinado sentimiento de nihilismo que también se asienta y establece en el espíritu europeo en ese momento, deseo profundo de querer hacer tabla rasa y empezar de cero tomando, precisamente, como punto de partida el ámbito del arte y la cultura.

Es el momento de los espejismos y formas de vida que llevan a querer negar la realidad o huir de ella. En las obras de estos artistas empieza a desaparecer el objeto contemplado para dar paso al surgimiento del sujeto que observa y ejecuta la obra; la realidad va así haciéndose poco a poco más ausente del lienzo mientras se abre paso en el mismo y se afirma una nueva realidad efímera y confusa, es la contundente aparición del arte abstracto, no figurativo. Con el advenimiento de la Belle Époque se hacen populares el opio, la absenta, el consumo de alcohol y la vida bohemia. Situación ésta que con la llegada y apogeo de los felices años 20, se establece y populariza en una parte considerable de la sociedad occidental. Un buen y elocuente ejemplo de todo esto lo encontramos de manera diáfana y evidente en la observación, no ya del pensamiento sino de las vidas y el comportamiento de hombres como Alfred Jarry, Erik Satie, Nieztche, Joris-Karl Huysmans, Oscar Wild, y un buen número de celebres intelectuales del momento.

Pero todo esto no fue, al fin y al cabo, más que la preparación para lo que habría de venir después, y que algunas mentes lúcidas empezaron a definir en su momento como el colapso de la racionalidad de la mente europea. Fundamento sobre el cual se apoyará la mentalidad del postmodernismo, rebelde, exasperada, egocéntrica y contestataria. Da la sensación, por tanto, de que nos encontramos, muy a nuestro pesar y con todo el sentimiento de frustración y tristeza que esto pueda producir en espíritus aún sensibles, ante los últimos coletazos de esta devastadora situación. No hay ya valores estables ni sólidos sobre los cuales apoyar un comportamiento medianamente decente, integro, pudoroso, honesto en lo relacionado con la ética, pero es que tampoco lo hay en lo relacionado con la estética, pues lo feo puede ahora ser bello y viceversa. Todo depende de la opinión y los sentimientos del que actúa y mira. La misma realidad se ha subjetivizado de tal manera que ha quedado trastocada y las cosas no son ya lo que aparecen ante nuestros ojos, sino lo que al sujeto que observa le apetece y se le antojan que sean en un momento determinado. El concepto mismo de Verdad ha desaparecido del mapa con el advenimiento del siglo XXI, y nos encontramos ya en el terreno ignoto de la post-verdad, hecho academicamente sancionado por el diccionario de Oxford a finales del 2016. Como muy bien lo dejara sentenciado Ortega en 1924 hablando de una de las características fundamentales del hombre moderno y algunos de sus muchos males: “somos subjetivistas natos”.

Ante esta desoladora situación nos queda la inexorable y definitiva culminación de la barbarie por un lado, o por otro, la esperanza de que hablara Heidegger en los años 60 del siglo pasado: “sólo un Dios puede aún salvarnos”.

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