El ciclo del arte

Al contemplar con un poco de detenimiento el quehacer artístico del hombre y su devenir a través de la historia, nos encontramos con hechos que además de sorprendernos nos dejan, en no pocas ocasiones, absortos y estupefactos. Si retrotraemos nuestra mirada a la época prehistórica donde afortunadamente el arte más que ninguna otra cosa ha dejado su huella indeleble como fiel testimonio del más arduo esfuerzo humano en busca de expresión, mimesis y sentido, empezamos poco a poco a experimentar ese asombro y estupefacción.

Encontramos que el arte preclásico, empezando con el arte primitivo, va dando tumbos, buscando de manera rudimentaria, casi angustiosa y desesperada, cómo poder dar expresión y forma con medios humanos a la maravillosa obra de arte desplegada en la bóveda de la creación. Y al continuar adentrándonos en este apasionante devenir histórico descubrimos que después de infinitos tanteos, esfuerzos y sacrificios, empezando con las pinturas rupestres, y pasando por las pagodas, los templos sumerios, las pirámides y monumentos egipcios, nos topamos por fin con el imponente y deslumbrante destello de la Acrópolis de Atenas como testimonio de la máxima eclosión del periodo clásico de la cultura griega.

Sí, deslumbrante porque es precisamente éste el momento en que el artista descubre, entiende y adquiere posesión del hecho sencillo y revelador de atenerse y seguir los mismos cauces de la vida en el desarrollo de su labor creadora. Descubre, o casi podríamos decir que se tropieza, con el hecho claro y contundente de que, en lo relacionado con el arte, “el hombre es la medida de todas las cosas”. Se topan tanto el artista como el pensador o el matemático de periodo clásico griego, nada más ni nada menos que con lo que luego se conocería como la proporción áurea o divina proporción. Desde entonces las proporciones del cuerpo humano se empiezan a aplicar al modelado y construcción de la obra de arte, la perspectiva se abre camino en el lienzo así como en la arquitectura y la escultura, llegando a obtener con esto preciadas formulas para la producción y creación de las más deslumbrantes y maravillosas obras de arte salidas de la mano y el ingenio humano. Obras ante las cuales todas las generaciones venideras se extasiarán y quedarán reverentemente estupefactas.

Pero lo que sorprende al contemplar este hecho desde nuestra perspectiva es que nos encontramos con un acontecimiento curioso, por no decir desconcertante, cuando nos detenemos a pensar en ello. Y es que si el arte en la época clásica griega así como en esa maravillosa eclosión de esplendor artístico que significo el Renacimiento, si en estos dos hitos culminantes de la cultura occidental, digo, el arte en su quehacer y devenir ha seguido siempre los cauces de la vida; con el advenimiento de la modernidad se empieza a constatar y verificar un hecho sorprendente, y es que el arte, quizá por cansancio a fuer de insistente repetición, empieza precisamente a querer desligarse de esos cauces vitales. Hecho este que por fin, con la llegada de la postmodernidad y el surgimiento desbocado de los movimientos artísticos de vanguardia, propicia el surgimiento de un nuevo artista que decidida y deliberadamente se propone llevar a cabo su empresa creadora yendo precisamente en contra, a contracorriente de los cauces de la vida.

Quizá sea esta la razón por la cual desde el comienzo mismo de los movimientos de vanguardia las nuevas tendencias y manifestaciones artísticas adquieran una fuerte y pesada carga de primitivismo. Con lo cual se puede decir, no sin un profundo sentimiento de perplejidad, que si oteamos el panorama desde el promontorio que nos proporciona este siglo XXI en el cual nos hemos ya adentrado con ímpetu y contundencia, que hemos completado un ciclo y vuelto a donde estábamos en los tiempos más oscuros, bárbaros, rudimentarios y angustiosos de le época prehistórica.

¿Quién nos librará, entonces, de la bárbara invasión e imposición a ultranza de la vulgaridad, la idiotez y la estupidez; pertrechos con los cuales nos hemos adentrado con soberbia y contundencia en los albores de este ignoto siglo XXI?

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